Iglesia de lo Bajo vs. Iglesia Roja

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Sin la ardiente fe en la posibilidad de construir un mundo justo y hermoso, la ciudad de Dios en la tierra, sin el sacrificio voluntario llevado al altar de esta fe, la revolución no sería posible.

Entonces, el enemigo reconoció que el comunismo no es una ideología, sino una nueva religión. ¿Qué se deduce de tal reconocimiento? Que los adeptos al comunismo deben ser inclinados a renunciar a la fe.

La solución de esta tarea se dividió en dos etapas. En la primera, era necesario lograr que cierta parte de la élite Soviética renunciara al comunismo. Y en la segunda, una élite que ya había renunciado y en cuyas manos se concentraban las más amplias posibilidades de influir en nuestros conciudadanos (en primer lugar, los medios de comunicación de masas), debería haber llevado a la abdicación a todo el pueblo.

Al comenzar a implementar su plan, el enemigo simplemente no tenía derecho a no calcular las consecuencias de la abdicación de los rusos de la fe Comunista. Y dado que cada sujeto, ya sea una persona, o un pueblo, no renuncia a la fe, la idea, el camino elegido así por así, sino de acuerdo a la especificidad de su código sociocultural, el enemigo tuvo que estudiar y tener en cuenta las características de la “abdicación rusa”. Afortunadamente, la literatura rusa y la historia rusa le daban al investigador interesado un gran material.

Imaginémonos en el papel de tal investigador.

Al menos dos características de la “abdicación rusa” son tan evidentes que es casi imposible no notarlas.

La primera característica es que la pasión, la amplitud y el desenfreno, inherentes al alma rusa, la incapacidad de meterse en los estrechos límites de la ley, el derecho; en toda esa reglamentación que el Occidente percibe como un bien incondicional (ver el artículo de María Mamikonyan sobre este tema en el último número del periódico), en el momento de la abdicación, aumentan muchas veces. Los rusos abdican extáticamente (Recordemos a Alexander Blok1: “y hubo una fatídica alegría/en pisotear los santuarios sagrados...”). Este es el elemento dionisiaco, cuyo desbordamiento puede resultar desastroso tanto para el renegado como para aquellos que se le presentaron en el momento equivocado.

La esencia dionisiaca de la abdicación rusa se captura en muchas obras de grandes poetas y artistas rusos. Esto es lo que escribe sobre la abdicación de F. M. Dostoyevski2 (“Diario de un escritor”): “Esto es ante que nada el olvido de toda medida en todo… Esta es la necesidad del desborde, la necesidad de una sensación de congelación, al llegar al abismo, de asomarse en él a la mitad, mirarlo y – en casos particulares, pero no infrecuentes – lanzarse hacia él como un aturdido boca abajo..

Compara esta descripción con la de Pushkin3:

Hay un deleite en la batalla, y en el borde del abismo sombrío, y en el océano furioso, de formidables olas y oscuridad tormentosa, y en el huracán arábigo, y en el soplo de la Plaga…

Y de nuevo, Dostoievski: “...esta necesidad de negación en el hombre, a veces en el más indispuesto a negar y reverente, …del santuario más importante de su corazón, de su ideal más completo, de todo santuario popular en su totalidad…” Como señala Dostoievski, “el carácter popular ruso en algunos momentos fatales de su vida” se caracteriza bien por la “autonegación y autodestrucción convulsas e instantáneas“.

Pero después de dictar esa sentencia despiadada, Dostoievski no se detiene en ella: “…pero con la misma fuerza, con la misma celeridad, con la misma sed de autoconservación y arrepentimiento, el hombre ruso, así como todo el pueblo, se salva a sí mismo, y generalmente, esto sucede cuando se llega a lo último, es decir, cuando no quedan rayas que cruzar“.

Y aquí pasamos a la segunda característica, extremadamente significativa, de la “abdicación en ruso”.

Según Dostoievski, el salto hacia abajo, hacia el abismo, no anula la existencia de un eje vertical, establecido por las coordenadas “arriba” y “abajo”. El que salta al abismo, conserva la distinción entre “arriba” y “abajo”, ya que estos conceptos están claramente demarcados. Mientras esta verticalidad, y esta demarcación, existan, se mantiene la posibilidad de un movimiento ascendente inverso. ¡Y este es un rasgo extremadamente importante de la cultura rusa!

Después de la caída, escribe Dostoievski, hay un “impulso inverso, un impulso de recuperación y auto- rescate“. Este impulso “es siempre más serio que el impulso anterior: el impulso de la negación y la autodestrucción…  El hombre ruso se sumerge en su recuperación con el esfuerzo más grande y serio, y mira su movimiento anterior negativo con desprecio a sí mismo“.

Incluso los personajes de Dostoievski que parecieran haber caído irrevocablemente no carecen de una sensación de verticalidad. Aun vociferándole improperios a Dios desde su fondo, ellos miran hacia arriba, en dirección a Dios.

Otro ejemplo es la ya mencionada obra “Un banquete en tiempo de la peste”. Aquí también se trata de apostasía. Después de todo, la diversión frenética en una ciudad moribunda es un sacrilegio intencional, un desafío a la tradición cristiana.

El presidente de la fiesta Valsingam, actúa como un tentador. La tentación está en reconocer los placeres cantados por él en el Himno a la Peste (“La tan temible muerte, / también le guarda a la gente, /placeres inexplicables, encubiertos...”) como el punto más alto de la existencia humana.

Cuando el Sacerdote insta a los festejados a interrumpir la monstruosa celebración y le recuerda a Valsingam a su madre recientemente fallecida, en Valsingam se produce una cierta ruptura. Su negativa de abandonar el banquete él explica con la desesperación y la conciencia de su propia iniquidad. Entonces el Sacerdote invoca a la memoria de Matilde, la fallecida y amada esposa de Valsingam. Dirigiéndose a ella, Valsingam exclama: “…allá te veo/ Te veo donde mi espíritu caído /ya no podrá llegar…». ¿Qué hace el Sacerdote? Restaura la verticalidad, tensando ese hilo conector entre el Valsingam caído y aquella que está en el cielo.

Los dos ejemplos revisados son suficientes para ver las características fundamentales de la tradición cultural rusa. El renegado que se lanza al abismo, al FONDO, incluso si se deleita con lo extremo de sus sensaciones, se siente CAÍDO. El conocimiento de la caída moral se le da debido al hecho de que en algún lugar cerca siempre hay una verticalidad invisible, y por lo tanto la posibilidad del ascenso.  En la cultura rusa, lo ELEVADO y lo BAJO están muy claramente demarcados. La abdicación ocurre siempre con pasiones grandes y destructivas (Blok lo llamó “pasión amarga como ajenjo“).

Pero, ¿qué es entonces la revolución con su “renunciemos al viejo mundo”? Después de todo, aquellos que odian el Octubre del 1917, precisamente insisten en que el pueblo que se puso del lado de los rojos, cometió el pecado de la abdicación, cayó y ahora debe arrepentirse por ello hasta el final de los siglos.

Cualquier revolución genuina libera enormes energías y es por definición extática. Esta característica unifica la “abdicación del viejo mundo” con el “deleite en la batalla, y en el borde del abismo sombrío”. Pero los ” placeres inexplicables” de Valsingam, cuando el momento más dulce de la vida solo se puede experimentar al borde de la muerte, conducen a la autodestrucción. Después de un breve momento de voluptuosa sensación de la plenitud del ser, está la oscuridad.

Pero la revolución roja estaba orientada hacia el futuro. Y los que sirvieron a la causa de la revolución no eran voluptuosos que buscaban deleite en el desenfreno de los elementos (aquellos que hacen eco en el poema “Los Doce” de Blok). Tampoco ellos eran los Sharikov4, ansiosos por darles salida a sus bajos instintos y energías: envidia, odio, venganza, crueldad, depravación, etc., sino los novicios de la nueva Iglesia. Sin una fe ardiente en la posibilidad de construir un mundo justo y hermoso, el reino de Dios en la tierra, sin el sacrificio voluntario llevado al altar de esta fe, la revolución no sería posible.

La esencia de la abdicación de Valsingam y de los héroes de Dostoievski que tomaron el camino de esa abdicación es un audaz desafío, que a menudo se basaba en una soberbia desmedida.

La esencia de la “renuncia al viejo mundo ” de los rojos y del pueblo que los siguió es una sed profunda y ardiente de la fe genuina. La fe que ilumina y transforma el mundo antiguo.

Así, las dos principales características de la” abdicación en ruso” son, en primer lugar, su naturaleza extática y desenfrenada. Es decir, la amenaza de un derrame impredecible de energía popular, que el enemigo no quería enfrentar.

Y en segundo lugar, es la forma inconclusa de la abdicación, por así decirlo. El enemigo quería tener garantías del cien por cien de que, al caer, los rusos no comenzarían a escalar nuevamente, por una nueva fe, por un nuevo significado.

Pero mientras la gente mantuviera la distinción entre lo elevado y lo bajo, no podría haber garantías. Era necesario inventar algún esquema astuto para que cuando se renunciara a la fe Comunista, es decir, para cuando se produjera la caída, el pueblo no se extasiaría, no se rebelaría, no intentaría, al repensar, escalar hacia arriba, sino voluntariamente y con placer, sin arrepentirse y sin avergonzarse, comenzaría a vivir en el dominio de lo bajo. Para que este dominio se uniera, se conectara con el pueblo, y éste perdiera la distinción entre lo BAJO y lo ELEVADO, finalmente haciendo al pueblo olvidar lo ELEVADO como algo innecesario.

¡Ahí fue donde se hizo necesario Mijaíl Bajtín5 con su concepto de cultura popular de la risa! Porque en su libro “La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais”, Bajtín aparece como un apasionado apologista de lo bajo.

Pero, ¿qué es lo Bajo según la concepción de Bajtín? ¿Y cómo podría esta concepción ayudar a los líderes de la perestroika que anhelaban destruir la Iglesia Roja?

Lo Bajo es un concepto central para la obra de Rabelais6. El capítulo “Imágenes de lo tangible y corpóreo en la novela de Rabelais” de Bajtín comienza con una cita de la novela “Gargantúa y Pantagruel”: ” todo lo que ves en el cielo y lo que llamas Fenómenos, todo lo que muestra la superficie de la tierra, todo lo que esconden los mares y ríos, es incomparable con lo que contienen las entrañas de la tierra “(lo destacado de aquí en adelante es de Bajtín).

Estas palabras le pertenecen a la sacerdotisa de la botella Divina. Bajtín los comenta de la siguiente manera: “La riqueza y la abundancia genuinas no están en la parte superior, ni en la esfera media, sino solamente abajo”. Y agrega que las palabras de alabanza de la sacerdotisa sobre “las entrañas de la tierra” están precedidas por otras palabras suyas, igualmente importantes. ¿Cuales? “Id, amigos míos, y que los proteja aquella esfera intelectual, cuyo centro está en todas partes, pero la circunferencia no está en ninguna parte, y que nosotros llamamos Dios…»

Bakhtin señala que la definición de Deidad como “esfera cuyo centro está en todas partes, pero la circunferencia no está en ninguna parte” fue tomada por Rabelais de una serie de textos herméticos “Corpus Hermeticum” de Hermes Trismegisto ¿Qué son estos textos?

Algunos creen que ellos nunca existieron y que se trata de una falsificación llevada a cabo en los primeros siglos del cristianismo. Algunos (entre ellos San Agustín) creen que Trismegisto era una persona real, dotada con el don de la profecía. En particular, Trismegisto profetizó sobre el surgimiento del cristianismo. Sin embargo, el mismo Agustín se mostraba negativo hacia el Trismegisto, porque creía que Trismegisto les había servido a los demonios y que su don profético lo había recibido precisamente de ellos. En la Europa medieval, al Trismegisto se le atribuía la autoría de numerosos tratados en latín dedicados a la magia, la alquimia, la astrología y la medicina.

Según Bajtín, la definición de” una esfera cuyo centro está en todas partes, pero la circunferencia en ninguna” en la época de Rabelais “era común”. Tanto Rabelais como la mayoría de sus contemporáneos “veían en esta definición sobre todo la descentralización del universo: su centro para nada está en el cielo, está en todas partes, todos los lugares son iguales“. Justamente esto es lo que le dio al autor de Gargantúa y Pantagruel el derecho de “transferir el centro relativo del cielo bajo la tierra, es decir, al lugar que, según las creencias medievales, estaba lo más alejado posible de Dios, al inframundo“, escribe Bajtín.

Entonces, Bajtín identifica directa e inequívocamente el concepto de lo Bajo de Rabelais, ¡con el inframundo! Con todo y que Rabelais era un fraile franciscano. Tomar y mover el centro del universo desde el cielo hasta el inframundo… Admitamos que es un acto bastante extraño para un fraile franciscano. “Todo el mundo de Rabelais, tanto en su conjunto como en cada detalle, se dirige al inframundo: terrenal y corporal“, continúa Bajtín. ¡Qué clase de monje es este! Sus fantasías, francamente, son atípicas para un cristiano.

Pero si no hay nada atípico aquí, se opone Bajtín. ¡Es Usted que no sabe nada por su analfabetismo! (las autoridades Soviéticas se lo ocultaban). No es vergonzoso apresurarse al inframundo, ya que siglo tras siglo existe una cultura popular de risa, y en ella precisamente todo se basa en la exaltación de lo bajo. “La dirección hacia lo primitivo y lo bajo es inherente a todas las formas de diversión y festividades populares… Todas tiran al fondo, voltean, ponen en la cabeza, intercambian lo elevado por lo bajo, lo posterior por lo delantero, tanto en el sentido directo espacial como metafórico“.

El concepto de lo bajo es expansivo. Su ofensiva es verdaderamente ilimitada. Ataca todas las esferas del ser, incluyendo lo sagrado y lo alto: “todo lo sagrado y lo alto se reinterpreta en términos de lo material y corporalmente bajo, o se combina y se mezcla con las imágenes de éste”. ¿Qué significa “combinado y mezclado”? Esto significa que la distinción entre lo elevado y lo bajo, que en la literatura rusa clásica se da incluso al pecador más terrible, ¡en Rabelais se pierde!

Hablando del realismo grotesco, el género en el que está escrita la novela de Rabelais, Bajtín usa esta imagen: lo grotesco es un columpio, que al balancearse tan rápidamente entre lo alto y lo bajo, hace que el cielo se fusione con la tierra. Al mismo tiempo, “el énfasis no se hace en el despegue, sino en la caída del columpio hacia abajo: el cielo se va a la tierra, y no al revés“.

Bajtín describe un proceso verdaderamente alquímico: ¡por algo “Hermes Trismegisto” fue traído a colación aquí!

Primero, lo sagrado y lo alto se combina y se mezcla con lo bajo.

Y luego (después de todo, está dicho directamente: “el cielo se va a la tierra, y no al revés”), los elementos sagrados y altos se evaporan en esta retorta, ¡y solo lo BAJO queda a la salida!

Sobre cómo Rabelais (y con él Bajtín) lleva a cabo este proceso alquímico, en el siguiente artículo.

Notas:

  1. Aleksandr Aleksándrovich Blok fue un poeta simbolista ruso, vivió: 28/11/1880 – 7/8/1921; Obra citada: “A la Musa”.
  2. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski fue uno de los principales escritores de la Rusia zarista, vivió: 11/11/1821 – 9/2/1881; Obra citada: “Diario de un escritor”.
  3. Aleksandr Serguéyevich Pushkin fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso, vivió: 6/6/1799 – 10/2/1837. Obra citada: “Un banquete en tiempo de la peste”.
  4. Se hace referencia a Sharikov, uno de los principales personajes de la obra “Corazón de perro” de Mijaíl Bulgákov (1891-1940). Esta obra es considerada como una sátira del concepto de nuevo hombre soviético.
  5. Mijaíl Mijáilovich Bajtín fue un crítico literario, teórico y filósofo del lenguaje de la Unión Soviética, vivió: 17/11/1895 – 7/3/1975.
  6. François Rabelais fue un escritor, médico y humanista francés, vivió: 1494-1553.

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Fuente (para la copia): http://eu.eot.su/2020/06/08/iglesia-de-lo-bajo-vs-iglesia-roja/

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Esta es la traducción de un artículo de Anna Kudinova, publicado por primera vez en el número 17 del periódico Essence of Time el 27 de febrero de 2013.

IA primavera Roja

Lea el material completo en el enlace:

https://rossaprimavera.ru/article/cerkov-niza-protiv-krasnoy-cerkvi

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