La URSS, nuestra única esperanza

Articulo de Nicolás Acosta.

Este 30 de diciembre se cumplieron  97 años de la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), un país que cambió al mundo y que le dio una nueva esperanza; al mismo tiempo es una fecha injustamente olvidada.  Este olvido no es casual, los enemigos – internos y externos – de la URSS aseguran su vil victoria borrando o falseando nuestros recuerdos de ella con tal de que ésta jamás pueda resurgir o existir en la memoria de las futuras generaciones.

Sin la aceptación del rol que jugó la URSS en la historia mundial reciente es imposible que las fuerzas de izquierda, de cualquier país, logren presentarle a la humanidad un modelo de desarrollo alternativo viable. Pero la URSS no puede pensarse sin Stalin, por ende, si realmente se quiere construir una alternativa a la vorágine post-capitalista que nos está tragando a todos, también debemos recuperar la imagen de Stalin y del papel que él jugó en la creación del primer país socialista del mundo.

La URSS fue el único modelo de desarrollo alternativo al capitalismo, y fue presentado al mundo justamente por la URSS y no por ningún otro país socialista. Sin tener que recurrir al importante tema de primacías históricas – al fin y al cabo, es en Rusia donde se produce la primera revolución comunista – podemos constatar que es la URSS la que le permite a la Rusia rural que era uno de los países más atrasados de Europa al principio del siglo 20, dar el salto a la industrialización en un tiempo récord jamás antes visto, en unos 10 años.  Esa industrialización se logró a pesar del  aislamiento casi total y en un ambiente de hostilidad creado por las potencias occidentales contra el  gran país de obreros y campesinos. Esa milagrosa industrialización fue suficientemente genuina para servir de base material para la futura victoria de la URSS en la guerra con la Alemania nazi.

Por el contrario, los países europeos como Francia, Inglaterra y Alemania lograron impulsar su desarrollo industrial apoyándose en una larga etapa de crecimiento de la burguesía nacional, un proceso que en Rusia – en gran parte debido a sus características histórico-culturales – fue sumamente precario. Ese desarrollo industrial clásico de los países líderes del occidente fue incomparablemente mucho más largo y destructivo. Su precio fue pagado no solo con el sacrificio de la fraternidad social típica de épocas preindustriales, sino que también con el atroz pillaje colonial.

La Rusia presoviética, no alcanza a construir una existencia plenamente capitalista,  también está fuertemente golpeada por la primera guerra mundial y  su ambición de  de volver a colocar la cruz sobre la sagrada iglesia de Santa Sofía en Estambul se hace añicos. Todo su ser está al borde de un colapso geopolítico y peor aun, existencial. En ese estado casi agónico Rusia  encuentra en el comunismo su nueva esperanza, su promesa de una utopía colectiva posible y su nuevo camino mesiánico. Ese camino, cuya búsqueda está reflejada en la gran literatura rusa, es a lo que Berdiáiejev se refirió como la “búsqueda de la salvación de la humanidad”.

Pero el marxismo, como sabemos, no había sido pensado para un país con las características de Rusia, a pesar de que Marx, sin duda, estaba maravillado con Rusia y su potencial, como se deduce de su deseo de aprender el ruso. Según la teoría marxista, los países que estaban predestinados a convertirse  primero en socialistas eran los más desarrollados de aquel momento, aquellos con una clase obrera ya bastante consolidada y políticamente organizada.  Pero como sucede muy a menudo, la vida es capaz de corregir aun las mejores construcciones teóricas para que éstas puedan echar raíces en el complejo terreno de la realidad social.

Imaginemos por un segundo que la URSS nunca hubiera existido y que no hubiera servido de inspiración para las revoluciones de China y Cuba entre otros países. Que sus conquistas nunca se hubieran materializado, que no derrotara a la Alemania nazi, solo esto es ya suficientemente aterrador, ¿no creen? ¿En qué mundo viviríamos hoy? ¿Qué esperanza albergaríamos para el futuro de la humanidad? ¿Habría podido el marxismo ser sólo otra escuela filosófica, o económica, en el menú universitario occidental? Estas preguntas son más bien retóricas pero nos pueden ayudar a apreciar mejor el papel que jugó la URSS no solamente en el desarrollo de Rusia, sino en la confirmación del marxismo como una filosofía transformadora en consonancia con la visión de Marx sobre los filósofos, según la cual éstos deberían abordar la transformación del mundo en vez de su mera explicación.

La URSS, como ya sabemos, se construye sobre una Rusia prácticamente destruida, tanto por la primera guerra mundial, como por la guerra civil, donde el bando reaccionario contó con un amplísimo apoyo de las potencias imperiales del momento. Y si el padre de la Revolución de Octubre fue Lenin, el padre de la URSS fue sin duda Stalin.

Un hombre cuya genialidad e impacto en la historia de Rusia y del mundo fueron injustamente ensombrecidos y tergiversados tanto por los enemigos abiertos del comunismo como por algunos pseudoizquierdistas, como los trotskistas. El esquema es sencillo pero efectivo, denigrar a Stalin sin concederle ninguna cosa positiva, ninguna conquista, nada, solo repetir incesantemente las mismas mentiras sobre  los millones y millones de personas sacrificadas por el despiadado dictador que nunca tuvo piedad para con su pueblo.

Una vez anulada históricamente la figura de Stalin, se procede a anular a la URSS, que fue su principal obra. Una vez anulada la URSS, como el máximo exponente del socialismo real (o proto-comunismo), se procede a anular su legado y finalmente solo nos queda un socialismo castrado y efímero que podría incluso pretender abordar algunos problemas sociales, o de distribución, pero que jamás sería capaz de conducir a la humanidad por las sendas de un desarrollo fundamentalmente diferente al que le fue impuesto por el capitalismo.

En vista de lo expuesto anteriormente, el la narrativa soviética debe ser rescatada, aceptada, releído y estudiado minuciosamente, si nosotros queremos romper el maleficio del TINA (There Is No Alternative) que nos está sofocando cada vez más, solo permitiéndo vivir con falsas alternativas (excelentemente representadas por la comunidad de Twin Oaks ubicada en Virginia, Estados Unidos) y que solo representan callejones sin salida para la humanidad, corroyendo al mismo tiempo la promesa comunista.

El 30 de diciembre del 1922, en la antesala del año nuevo se fundó un gran país, cuyo impacto y logros han marcado un antes y un después en la historia de la humanidad. Por primera vez la servidumbre fue  completamente derrotada, dando paso a una nueva época de dignidad humana. Por primera vez el motor del desarrollo se funda en la colaboración y la solidaridad , en vez de en la competencia, la explotación y la rapiña.

Mientras muchos teóricos del marxismo se acomodaban en universidades y cafés de capitales europeas y americanas para entregarse en cuerpo y alma a estériles – y muchas veces dañinas – críticas del modelo soviético, éste daba sus frutos en todos los frentes imaginables, convirtiéndose en el motor de la historia mundial.

Su caída no anula estos méritos pero sí plantea importantes cuestiones que deben ser respondidas acerca de sus causas y consecuencias. Pero antes que nada, el primer paso para los que nos consideramos comunistas debe ser la aceptación de que la URSS fue lo más grande y trascendente que nosotros hemos logrado hasta ahora. Solo desde una posición de respeto, amor y compasión al pueblo soviético y sus logros se puede entender realmente su historia y extraer de ella las lecciones necesarias para las luchas del futuro.

 

Santo Domingo, República Dominicana.
25/12/2019.

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